lunes, mayo 05, 2008

La objetividad del quizá


La miss Rosita me dijo que Ramón es travieso. Quizá el más travieso de la clase. Quizá que no deja de andar de un lado a otro. Quizá que golpea a uno que otro chiquito. Quizá que tiene que sentarlo a su lado para poder controlarlo. Quizá que averigüe bien si no es hiperactivo. Quizá. Quizá. O quizá me lo afirmó todo. No sé, sólo estoy seguro que Ramón es el niño más bonito y dulce de todo el mundo. Es adorable, gracioso y esa perversidad típica en un niño curioso no hace más que ponerme feliz. ¿Objetividad? Pues quizá no. Cuando se trata de los hijos, imagino, se pierde toda objetividad, nada de que eres periodista o lo que te enseñaron en las terribles y aburridas aulas de la universidad. Con Ramón siempre se pierde toda objetividad. Con él, el quizá es una cojudez.

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De pronto, la felicidad.

¿Te encuentras bien?
Sí, es sólo que me siento bonita.
Eres bonita.
Sí, sólo digo que me siento más bonita. Eso sucede siempre después de hacer el amor contigo.
¿Sí?
Sí, me siento más bonita, ¿no me ves? Estoy más rosada.
Sí, estás más rosada... y bonita.

Tímido se tapo el pecho con la sábana blanca. Ella, por su parte, seguía absorta en ese pensamiento. De pronto la felicidad. Alguien estará más hermosa hoy, pensó Tímido. De su cabeza no podía alejarse un nuevo pensamiento, más allá de los gatitos muertos o del 5 del 8 en que hizo su reaparición. La soledad del dormitorio era un recuerdo tonto. Alguien estaría más hermosa esa noche.

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jueves, enero 31, 2008

Realismo Trágico (todo perfecto)

Insólito, tu padre murió y lo lloraste algunos meses, algunos años, y pensaste que te repusiste, pero en ciertos días, en ciertas calles del Centro lo recuerdas, como si fuese ayer, y algunas, sólo algunas veces, lloras, y desprecias a aquellos que te dicen que era bueno, que era bondadoso pues no lo crees, porque te dejó, a tu suerte y en brazos de la soledad y el miedo, la vergüenza y una esperanza tonta, como si, de un momento a otro, él fuera a hacer su aparición, como si fuese a caer en paracaídas en tu patio, es por eso que miras tanto al cielo y guardas una esperanza absurda en cada avión que vuela tu firmamento en las tardes. Sólo así serías feliz otra vez, pero eso nunca ocurrió y pasados muchos años piensas que te vengarás del hombre que lo asesinó. Pero tus males comenzaron cuando, junto a tu madre y abuelo, en presencia de una abogada, escuchaste, por primera y única vez, que tu padre murió cuando no lo merecía, y que su asesino tenía nombre. Lo retuviste, lo pensaste y se hizo tuyo esa noche, después, ya con la complicidad de la madrugada y el sueño, ideaste un plan perfecto. Sí, ser su sirviente y en una noche asesinarías a su hija, pues te enamoraste de ella y no fuiste correspondido y él después apretaría el gatillo y te quitaría la vida, acabando con tu sufrimiento. Lo que no sabías y que te sumió en la más grande de las tristezas (y que nunca te perdonarás) fue que, a la mañana siguiente, olvidaste el nombre del asesino de tu padre, cómo puede ocurrir semejante cosa, acaso ya no es importante, acaso las heridas cerraron, o es tan sólo que puedes vivir así, sin pasiones ni rencores, ¿dónde quedó el homenaje, el amor, los sufrimientos y las vergüenzas?, ¿dónde quedó?, ¿en letras muertas?, o es que tan sólo esperas la edición de tu realismo trágico y olvidaste lo importante de la vida, tu ilógica e inútil vida, y ahora piensas, absurda y tristemente, que de ahí en adelante, todo estará perfecto.
FRAGMENTO.
(Nota del Chachatroso: no sé por qué, siempre he sentido que este párrafo, final del cuento, es uno de los más tristes que he escrito. O, en todo caso, el que más triste me pone)

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viernes, enero 18, 2008

Gladiador (primer cuento gay)

***
Es mi bosque. La bruja, el monstruo, el caballito, mis amigos. ¿A correr? ¡Corre! ¡Juega papá!

***

Besó con ternura sus mejillas, el mentón, su labio inferior. La razón algo intentaba decirle, alguna negativa, pero no hacía caso, había algo, un ratoncillo travieso dentro del estómago, algo así como felicidad, algo así como libertad, y él era libre, feliz, en la tierra prometida, su paraíso personal. Lo besó con pasión, sonriendo en cada beso, prometiendo amor en cada suspiro, llorando de amor lo abrazó con fuerza, imaginando que se detendría el tiempo en esa explosiva confusión, sin arriba sin abajo, sin comienzo, ni final.

Tocaba sus manos, y las besaba, con amor, con ternura hasta llevarlas a su rostro y sentía su calor. Se acurrucaba bajo su hombro, como nunca lo había hecho, como nunca había tenido la oportunidad de hacerlo, y reía, y lloraba, se sentía seguro, y le besaba en la mejilla, y le decía te amo. Recogido de piernas, en posición fetal completamente desnudo, era feliz. Se pegaba a él, hacía sentirle su sexo, observándole el suyo, la correcta rigidez, me ama, y yo a él, y le besaba, con pasión, sin remordimientos.

Jugaba con sus labios y no había momento más sensual, más auténtico, que los dos desnudos, entrelazados en piernas, mirándose frente a frente, sintiendo sus sexos provocativos como antenas de insecto, besándose con pasión, con calentura y amor, inhalando los jadeos tibios del otro, cambiando de posición torpemente, bruscamente antes de perder la idea, la concepción de la satisfacción. El dolor, tan provocativo, tan necesario entre cada penetración, el pequeño grito que emociona, que pide más, el abrazo, la conversación, lo maravilloso del después, el beso de buenas noches.

***
(FRAGMENTO)

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jueves, enero 03, 2008

La tristísima historia de Diana que sólo podía ser vista cuando el mar se tornaba rosado

El pingüino mozo nos ofreció una vez más otro trago, con un delicioso movimiento de cabeza te negaste, tus cabellos estaban hermosos en ese movimiento húmedo; la ballena gorda del mostrador estaba furiosa porque ocupábamos la mejor mesa del restaurante náutico, y hacía dos horas que estábamos sentados ahí sin ordenar. Al ver otra vez al mozo venir decidiste bailar conmigo, presurosa cogiste mi mano y sonreíste mientras me observabas y yo me unía -y rendía- cómplice a tu mirada.

Pensé en mil momentos iguales a éste, donde tú y yo éramos libres, en cualquier cafetería, consumiéndonos a besos, desentendiéndonos del mundo, de los convencionalismos. Y fue en ese tiempo que hacíamos el amor en ese hostal horrible y viejo, donde probé –y conocí- el sabor de tu pudor.

La música lenta del improvisado salón se presta a la unión de los cuerpos, siento tus senos formados exactamente para las palmas de mis manos, como si Dios hubiese pensado desde siempre que los tocaría y besaría, porque eso también lo pensó, dándole un sabor néctar-miel-bebida-de-dioses, ese gran plan que siempre estuvo ideado para los dos, cuando caiga la tarde, momentos antes que anochezca, porque después, después serás de otro, del chico bien que te espera en la casa de playa, con el que finges dolores de cabeza para no hacer el amor, y te golpea, te odia y te grita mujerzuela, y escuchas mi nombre pronunciarle, y te da asco, y sientes que quisieras que el mar siga rosado, porque es cuando nos vemos.

Te miro con placer nostálgico, te recuerdo que mañana estaré aquí, a las cinco, cuando el sol pinte el cielo de placer y se refleje en tu mar, ése donde nos encontramos cada tarde, en el bar de la gorda ballena y el pingüino mozo que nos miran todo el tiempo y no nos echan porque, creo, saben que sólo te veo cuando el mar está rosado, Diana.

******
En la desesperación por vaciar su vaso mil, dejó caer algunas de las servilletas que leía, uno de los muchachos que atento escuchaba al desconocido loco y extraño, las recoge y reúne del piso. Tal fue su rostro de asombro y desconcierto cuando le entregó las servilletas, que Daniel, completamente ebrio y fuera de si, le dijo: Se me acaba de ocurrir un gran final. (FRAGMENTO El MUNDO SEGÚN DANIEL)


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El mundo según Daniel (primer párrafo)

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miércoles, enero 02, 2008

M (nuevo cuento)



Para ellas y ellos… especialmente para ellos.

No sé cómo empezar esta carta Miguel, me es difícil pensarte en este momento, me haz hecho tanto daño, no imaginas cuánto.

Por qué me hiciste esto, a mí, que tanto ofrecí, que te lo di todo, caricias, besos, te amos, a mí, que te regalé mis caderas y te di un hijo, que te ofrecí mi inocencia y pudor y la moldeaste a ti, haciéndome a tus más íntimas y recónditas fantasías, es por eso que no me imagino en otra cama, con otro hombre que no seas tú. A mí, que te he amado tanto, que te he regalado tus mejores momentos, tus mejores sonrisas.

Soy yo, ¿me ves? Quien se reía de todas tus estúpidas bromas, quien alardeaba de tu escribir. Yo, quien inflaba el pecho cuando publicabas alguna notita pequeña en el diario, yo, quien llevaba tus papeles a los concursos en lo que siempre pierdes, y donde soy yo quien te digo que para mí ganaste. Yo, quien te abrazaba en esas noches depresivas de llanto, de miedo a la vida, donde te sentías fracasado y te alentaba y besaba y prometía éxitos futuros.

No puedo (no deseo) perdonarte, pues te acepté tal y como eres, pero esto no estaba en el contrato. Acepté tu inmadurez, tus comentarios fuera de lugar, tu indiferencia justo antes de hacer el amor. Acepté tu poco cariño, tu tosquedad, buscando siempre desfogar tu arrechura en mi cuerpo, perdonando también tu precocidad, la humildad de tu miembro viril. Lo acepté todo, me amoldé a ti, y ¿sabes por qué? Porque te amo, simple como eso.

¿Ella te hace feliz? ¿Alguna vez te cocinó pensando en la cantidad de sal en tus papas, en el dulce de tu limonada, en la pastilla que debes tomar para sentirte mejor? ¿Alguna vez preparó tu desayuno como si fuera la última y más primordial de tus comidas, como si fuera la única y más importante de sus misiones? ¿Te besó con pasión en las mañanas para despedir tu partida al trabajo, te observó por la ventana con admiración mientras tomabas el bus? ¿Acomodó tu corbata pensando que eres su James Bond a punto de salvar el mundo?

¿Realmente crees que es bonita? ¿La has visto en las mañanas, sin el maquillaje, sin el peinado en la peluquería y con el aliento fermentado de toda una noche? ¿Realmente crees que es preciosa, el diamante bruto que llegó a tu vida? ¿Has presenciado sus cólicos al final de cada mes? ¿Los pedos sonoros que se echa en plena madrugada? ¿Los cagues de 15 minutos en el retrete blanco de su casa, sesiones de fósforos e inundación de olores fétidos que avanza como niebla en su departamento? Las mujeres también cagan Miguel. Tú diamantito rubia al pomo también.

¿Me pides perdón con esa cara de inocente que siempre has tenido? Sabes bien que me conmueves, que me derrites con tus te amos, con tus besos, con tus caricias. Sabes bien que me encanta cuando me dices que soy bonita, cuando me dices que lo soy todo para ti. Tú lo sabes bien, incluso ahora, que accedí a hacer el amor contigo, y gozo y lloro observándote como duermes plácido a mi lado.

Tu hijo te admira, eres su héroe, te observa con ojitos luminosos cada vez que llegas a casa, siguiendo cada uno de tus movimientos, imitando tus maneras, tus gestos. No le diré nada, de tu miedo, tu cobardía, de tu traición. No quiero destruirle la ilusión, de eso te encargarás tu mismo con el tiempo. Pero se parece tanto a ti, que no logro mirarlo sin sostener torpemente las lágrimas y eso es muy doloroso.

Miguel, me es difícil todo esto, nunca imaginé vivir algo así, sentir este dolor en el pecho, sentir que se murió algo dentro de mí, verte sin el caballo de la realeza cerca del castillo encantado. Ya no te admiro, no te respeto y no puedo confiar en ti. Pero aún –no sé por qué siempre pensé que este sentimiento era ignorancia en otras mujeres- te amo. Y por eso mismo me es tan difícil, en especial cuando estoy considerando perdonarte y empezar otra vez, vivir aquella magnífica vida que siempre soñé a tu lado, por eso me es casi imposible decirte, así, con sinceridad y soltura que eres, y siempre serás, una verdadera e insufrible MIERDA.

miércoles, diciembre 26, 2007

Mp3

Disculpa la vanidad,
pero sé que desde hoy seré la música de tus oídos,

aquella melodía que te despertará muy temprano,
quien te acompañe en tu largo y tedioso viaje en la mañanas

y en el ansiado regreso a casa.


Seré el ritmo que se apropie de tus movimientos,
la nota musical de tus recuerdos,
el tarareo alegre de tus labios
y la sonrisa cómplice de tus alegrías.

Soy obstinado y
perseguiré los pasos de tu salsa dura,
animaré el movimiento merengue de tus hombros

y seré el lento recuerdo de tus baladas.


Pero sobre todo seré aquél susurro que, si afinas bien el sentido,
lo escucharás /
suave /

subliminal /

bajito /

en melodía /
que te dice al oído (siempre, en el dial de tu vida)
Te amo.

martes, diciembre 18, 2007

Gigli

- Cara de poto.
- No, tú cara de poto.
- Jeje, tú cara de pedo.

La abuela había ganado esta vez, Piero se resignó a ser cara de pedo, pues no se le ocurrió qué contestarle a la abuela, le parecía tonto decirle cara de taza o cara de puerta, no, cara de pedo necesitaba una mejor respuesta para la abuela, que ahora juega como niña de cuatro años.

Su padrastro no tardaba en llegar, seguro con mal humor, vaticinaba la abuela, que nunca se equivocaba. Llegó, con la molestia de un pésimo trabajo, con la certidumbre que no tendrá esposa nunca más, pues ésta la abandonó, y con la carga de un niño y una vieja suegra que no hace más que joderle la vida. Llegó con sudor en la frente, cansado y gritó el nombre de su hijastro, que reaccionó en el acto. Le acomodó el cabello y le dio un beso en la mejilla. Cariñoso ha venido el impertinente, pensó la abuela. El padrastro se resignó, hace ya muchos años, a quedarse con ellos; con el niño pues lo quería, con la abuela porque necesitaba de alguien que cuide del pequeño, y mejor aún si no tenía que pagarle.

Estaba furioso, aunque creyó conveniente no tomársela con el niño, lo hizo con la vieja. Empezó una discusión acerca de nada, primero sobre lo descuidado que está el muchacho, que está sucio y despeinado, que usted está vieja y mejor se me va yendo hacia el infierno. Ella, por su parte, sólo atinaba a mirarlo, pensar y, finalmente, ignorarlo. No tenía ganas de pelear. Continuó, después, con la comida, que es una porquería, que perdió la sazón, que ya no diferencia sabores, vieja de mierda. Eso sí que no lo aguantó, con cualquier cosa, menos con su toque, con el secretito y el buen gusto. Empezaron a llover las mierdas y los carajos, ella le dijo granputón y él le contestó vieja podrida.

Al final, en aquel pequeño departamento, quedaron tres rostros agobiados; el padrastro con la desazón de haber perdido -o por lo menos de no haber ganado- la discusión con una vieja que está a punto de morirse, la abuela que estaba harta de tanto maltrato y el niño, que no quería que eso siga ocurriendo.

******* *******

- Cara de poto.
- No, tú cara de poto.
- Ja, tú cara de pedo
- Jeje, tú cara de gigli.

La abuela quedó desconcertadísima. Piero había ganado esta vez, por marcador amplio, pues reconoció en su abuela una tremenda ignorancia de lo que significaba gigli. Por más que preguntó y preguntó, Piero sólo respondía con una sonrisa, natural en un niño que tiene algo de control y de poder. Hasta que desistió, la abuela, por supuesto. (CONTINÚA EN EL PRIMER COMMENT)

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